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Las Naves de Calígula

A unos 30 kilómetros al sur de la ciudad de Roma, a 500 metros sobre el nivel del mar, se encuentra el bello y misterioso Lago de Nemi. Conocido desde la más remota antigüedad, estuvo siempre rodeado de un halo de mítico destinado al culto de la diosa Diana. Según el historiador Seutonio, fue justamente allí donde el emperador César Germánico, conocido por todos como “Calígula” -el apodo que le habían puesto en su niñez cuando solía andar entre las tropas de su padre con las “caligae”, “botitas” de los legionarios-, quien en el colmo de su locura decidió construir allí una villa y dos naves imperiales para realizar fiestas y orgías que solían durar semanas. Pero el destino que quiso que una vez asesinado el emperador, en el 41 antes de Cristo, sus opositores, o sus amigos, no se sabe, hundieran estas maravillas.
En el año 1446, el Cardenal Prospero Colonna comenzó a pensar en su reflotamiento. Hizo traer buceadores desde Nápoles y después de muchos esfuerzos, ante una corte de dignatarios eclesiásticos, logró ubicar las naves y rescatar algunos objetos y adornos. En 1535 por Francesco De Marchi, participo de varios buceos sobre el lugar y si bien no hizo grandes hallazgos describe, tal vez por primera vez en la historia, su traje de buceo, con escafandra de madera y aros de metal, aunque no indica el mecanismo de respiración.

Campana hasta el fondo


Tres siglos después, en 1837, Annesio Fusconi y un grupo de “entusiastas” a bordo de una campana diseñada por Edmund Halley –el del cometa-, alcanzaron el naufragio y comenzaron a sacar a superficie todo tipo de objetos: pisos de mosaicos, columnas y bellos adornos que, rápidamente, desaparecieron en manos de ladrones y traficantes.
Pese a la devastación que sobrevino con los años, en 1895, Felice Barnabei, Director General del Departamento de Antigüedades, se decidió a encarar el problema con rigor científico. Logró una legislación capaz de detener el robo y puso en práctica un proyecto para ubicarlas y medirlas con precisión y, luego, si era posible, extraerlas del fondo. Así se logró determinar que la primera de las embarcaciones tenía 64 metros de largo y una manga de 20; mientras que la segunda era aún mayor, tenía 71 metros de eslora y 24 de ancho. Una estaba a una profundidad de 12 metros mientras que la más grande descansaba a 20 metros, cubierta por el lodo del fondo.
A pesar de todo, tuvo que esperarse hasta el año 1926 cuando una comisión de estudiosos se decidió a poner en práctica el plan de un ingeniero de apellido Malfatti, que quería abrir un túnel en dirección al lago Albano para drenar el espejo de agua y dejar las naves “a la vista”. Inmediatamente se dio comienzo a las obras pero resultaron sumamente costosas y todo estuvo a punto de “naufragar” hasta que se toparon con un antiguo túnel, hecho por los romanos, que les permitió sacar el agua como estaba previsto.
Las naves quedaron totalmente al descubierto recién 5 años después y, poco a poco, se pudieron recuperar, y rearmar gran parte de ellas. Lamentablemente, pese a las maravillas que se hallaron, las embarcaciones, restauradas y protegidas, casi totalmente preparadas para su exhibición, fueron totalmente quemadas en el año 1944, durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué contenían?


Por suerte existen documentos fotográficos y planos de las maravillosas naves de Calígula. Los arqueólogos encontraron unas naves realmente lujosas, verdaderos “palacios flotantes”, con adornos de todo tipo. Se hallaron decoraciones bellísimas decoraciones de interiores, incluyendo leones, cabezas de leopardo y zorros realizados en el más fino bronce. Pero también se sorprendieron con el hallazgo de una canilla cónica, de 140 milímetros, que permitía, en cuestión de minutos, llenar los tanques con agua fresca. Claro, también se descubrieron dos anclas de brazos móviles, una forma que recién sería “descubierta” por el inglés Nelson 18 siglos después. Habitaciones de maravillosas maderas y mármoles, cortinados y ricos adornos. Baños y pequeñas piscinas, agua fría y caliente a voluntad. Cocinas y lugar para invitados y también esclavos.Todo estaba allí para el placer, y el libertinaje desenfrenado, del emperador y, según creer los especialistas, para el culto a la diosa egipcia “Isis”, del cual Calígula era un fiel seguidor.


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