
La expresión “tierra
firme”, que muchos se encargan de repetir, es, por decirlo de una manera
“suave y correcta”, sólo una ilusión. No existe
un solo lugar de nuestro planeta que pueda catalogarse de esta manera. Tanto
en la superficie de los continentes como en la profundidad de los océanos
los movimientos de la corteza terrestre son constantes. Todo está en
movimiento bajo nuestros pies. No hay equilibrio ni nada que se le parezca.
Eso sí, hay enormes fuerzas que chocan y dirimen una titánica
batalla, segundo a segundo, desde el nacimiento del planeta.
Los científicos han calculado que en la Tierra se producen entre uno
y dos millones de terremotos por año. Algunos son enormes y otros,
la gran mayoría, apenas superan el umbral de nuestra propia percepción.
Pero ocurren y los instrumentos claramente revelan temblores y “microtemblores”
a toda hora y en todas las latitudes.
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Los mares, claro está, no son la excepción a esta regla universal
y, es más, poseen algunas características propias que los hacen
vulnerables a fracturas y sismos de su lecho sin que se tome real conciencia
de ello. Sin embargo ocurren y muchas veces pueden ser la causa de enormes
tragedias, inclusive a nivel global.
Los científicos, tal vez impulsados por la necesidad de dar respuesta
a los terribles costos en vidas humanas –además de los económicos
y de infraestructura destruida - de los lugares afectados por estos fenómenos
han comenzado una singular carrera para crear una red de alerta temprana.
Pero la tarea no es fácil, muchas de las teorías en que se basa
la comprensión de los fenómenos sísmicos y sus consecuencias,
sobre todo a nivel oceánico, son justamente eso, “teorías”,
y no siempre coinciden con la realidad. Pero veamos por qué.
MAREMOTOS Y TSUNAMIS NO SON LO MISMO
Existe cierta confusión sobre este tema porque, en realidad, sus consecuencias
son muy similares. Sin embargo hay importantes diferencias que vale la pena
conocer de antemano. La palabra “Tsunami”, es de origen japonés.
No por nada el país del “sol naciente” ha sido estadísticamente
el más castigado por estos fenómenos oceánicos. El término
“tsu” significa “puerto” o también “bahía”,
y “nami”, “ola”. Literalmente estamos hablando de
una “ola en el puerto” y según se sabe ahora se producen
cuando algún fenómeno desplaza verticalmente una gran masa de
agua. Esta ola, o grupo de olas, pueden ser causadas no solo por un terremoto,
como muchos suponen, sino también por la caída de una gran porción
de terreno, o isla, al agua. Por el viento de un huracán o hasta el
hipotético impacto de un meteorito sobre la superficie del agua.
Los maremotos, en cambio, son siempre provocados por terremotos en el lecho
marino y la formación de las olas del “tsunami”, si bien
es muy posibles, no siempre se dan como podría esperarse ¿Cómo,
si tiembla el “fondo” no aparecen olas en superficie? Al parecer
no siempre es así. Pero demos un ejemplo para aclarar el tema.
El terremoto submarino de “Sumatra-Andaman”, ocurrió casi
a la una de la mañana del día 26 de diciembre de 2004 y tuvo
su epicentro en la costa oeste de Sumatra –Indonesia. Este movimiento,
tuvo una intensidad de 9,3 grados en la Escala Richter y se pudo localizar
a unos 30 kilómetros bajo la superficie del mar. El terremoto ocasionó
una serie de tsunamis devastadores que impactaron sobre la mayoría
de los países que bordean el Océano Indico, atravesando miles
de kilómetros, y matando a más de 250 mil personas.
Fue, según se sabe hoy, el segundo mayor terremoto registrado en el
mundo desde la invención del sismógrafo. Sin embargo lo extraño
es que muy poco tiempo antes, casi en el mismo lugar de la corteza oceánica,
se habían registrado movimientos sísmicos realmente muy importantes,
de unos 6, 7 y hasta 8 grados en la misma escala, y “no había
pasado nada”. Las grandes y devastadoras olas no aparecieron y prácticamente
los científicos no les dieron importancia.
Algunos se apresuraron a pensar que la diferencia en la “energía”
entre uno y otro movimiento sísmico era la razón de la aparición
o no de los tsunamis en la zona. Pero, con algo más de investigación,
se pudo demostrar que si bien es importante la intensidad, lo que hace la
diferencia es el desplazamiento vertical de grandes sectores del fondo. Cosa
que sí ocurrió en el segundo caso y no en el primero. Una lección
muy costosa, sobre todo para las miles de víctimas que se acumularon
en las costas de una decena de países asiáticos.
¿LA ATLÁNTIDA TAMBIÉN?
Hay referencias históricas, además de antiguas leyendas, sobre
la existencia de catástrofes de esta naturaleza en todos los mares
del mundo, pero muy especialmente en las costas del Mediterráneo. Tal
vez una de las más famosas es la que ocurrió alrededor del año
1650 antes de Cristo, cuando estalló la isla volcánica de “Santorini”,
generando olas gigantescas. Tal fue su poder de devastación que dio
origen a lo que se considera el final de la avanzada Civilización Minoica,
que habitaba la isla de Creta. Olas de 100 a 150 metros de altura golpearon
sobre sus costas destruyendo la ciudad de “Tera” –su principal
puerto comercial- y asolando “Cnosos”. Hubo miles de muertos,
su poderosa flota quedó totalmente destruida y los campos de cultivo
arrasados por el agua salada. Años de hambruna terminaron con lo poco
que quedaba de su “mundo”. La mayoría de los estudiosos,
creen que esta desaparición catastrófica fue lo que dio pie
al mito de la Atlántida. Y, a decir verdad, las coincidencias son abrumadoras
como para dejarlas de lado.
Más de 3000 años después de aquel fatídico momento,
más precisamente en el año 1755, otra marejada, causada por
un terremoto en la Falla Oceánica de las Azores, destruyó la
costa de Lisboa, Portugal. Hay, inclusive, pinturas y dibujos terribles de
aquella tragedia. Olas de entre 6 y 20 metros impactaron no solo contra el
oeste peninsular, matando a miles de personas, sino también atravesaron
el Atlántico y se ensañaron con varias islas del Caribe e, inclusive,
con el noroeste de Sudamérica.
Otro mortal recordatorio de las fuerzas que se ponen en juego en estos casos, ocurriría en 1883, cuando voló por los aires el volcán de la isla de Krakatoa, junto con casi la mitad de la isla que lo albergaba. La descomunal explosión produjo una ola que llegó a alcanzar los 35 metros de altura y que mató a unas 20 mil personas en las costas de Java y Sumatra. Además, emitió a la estratósfera gran cantidad de polvo –aerosoles- que creó , literalmente, un escudo que evitaba la llegada de los rayos solares y produjo una notable baja en la temperatura global durante casi dos años. Asimismo, generó un fenómeno desconocido hasta ese momento, y que rara vez se ha repetido. Grandes cantidades de lava, a manera de un río, viajaron sobre el fondo marino a altísima temperatura, haciendo hervir el mar a su alrededor, y reapareciendo sobre costas ubicadas a cientos e inclusive miles de kilómetros de su origen.
Sin ir más lejos, en 1960, un gran terremoto, cuyo epicentro estaba ubicado a 60 kilómetros de profundidad, en la localidad de Valdivia, Chile, logró superar todos los registros y llegó a 9,5 grados en la escala de Richter. El terrible movimiento causó un maremoto que se propagó por el Océano Pacífico y causó muchas víctimas en sitios que distaban hasta 10 mil kilómetros de su origen. Los tsunami resultantes, embistieron las costas de Japón, Hawái, Filipinas y hasta parte de la costa suroeste de los Estados Unidos. Pese a todo no fue el último, sino solamente uno de una larga serie que, cada un tiempo y sin previo aviso, enlutan a la humanidad. Nicaragua, en 1992. Hokkaido, Japón, en un 1993, y otros muchos que confirman la volatilidad de un planeta sometido a los designios de una naturaleza no fácil de predecir.
¿QUÉ HAY DE NUEVO?
Tal como adelantamos en el comienzo
de la nota, la ciencia busca desesperadamente una forma ya no de contrarrestar
el fenómeno, algo imposible para nuestras posibilidades actuales, sino
de prevenirlo. Dar aviso es la clave. Algunos segundos, estiman los expertos,
serían suficientes para reducir drásticamente la cantidad de
víctimas en las zonas expuestas.
Si algo dejó en claro el desastre del 2004 fue la falta de una red
internacional de alarma a nivel global. Por esta razón los norteamericanos,
chinos y japoneses, secundados por científicos de todo el mundo, han
propuesto la instalación de un complejo sistema de detección
capaz de alertar sobre la ocurrencia de grandes sismos en la profundidad de
los mares. Los japoneses, que consideran el tema “de vida o muerte”,
están trabajando desde hace 3 años en el estudio y perforación
de la “Fosa de Nankai”, a 1500 metros de profundidad, y solo cien
kilómetros de la costa japonesa. Este lugar ha sido identificado como
“de formación de sismos”, o lo que es lo mismo, en “difícil”:
“sismogénico”, porque allí convergen placas tectónicas
de notable inestabilidad. Los científicos nipones han previsto que
en los próximos 30 años, allí mismo, se producirán
como mínimo “varios terremotos de 8 grados en la escala Richter”.
A bordo del buque oceanográfico más grande del mundo, el “Chikyu”,
esperan montar un sistema de detección a unos 6000 metros de profundidad,
medidos desde el fondo. Una hazaña técnica y de ingeniería
que permitirá tener lecturas muy precisas de la actividad símica
y, sobre todo, alertará sobre posibles tsunamis y terremotos no solo
a su propia población sino a todos los países que comparten
las costas del Océano Pacífico. Pero aún no es suficiente
y sus vecinos los Chinos, hace pocos meses atrás , han comenzado un
proyecto igual de ambicioso frente a sus costas, en otra “zona caliente”,
para instalar un detector que, según creen, podrá darles un
margen de entre 10 y 40 segundos, para alertar a cualquiera de sus poblaciones
costeras más expuestas ¿Le parece poco? Sí, lo es, sobre
todo que deberá funcionar de día de noche, y bajo cualquier
condición climática. Pero, según ellos sostiene, “con
habitantes bien entrenados y lugares precisos de escapatoria, esos segundos
pueden marcar la supervivencia de miles, y hasta millones de personas”.
Si bien la instalación de detectores y boyas transmisoras no es nueva
–se viene practicando desde 1920-, nunca antes se contó con aparatos
tan precisos y comunicaciones tan rápidas. Además, junto a esta
avanzada tecnológica, sería bueno citar el desarrollo de una
nueva generación de satélites que, según se espera, puedan
detectar pequeños cambios en la superficie de las aguas en el momento
de un terremoto -diferencias de apenas centímetros- antes que comiencen
a “desarrollarse” las grandes olas.
Los rusos, justamente, confían plenamente en esta última tecnología
ya que han invertido enormes cantidades de tiempo y dinero en su desarrollo.
Tienen más de una zona expuesta a tales desastre y además “recuerdan”
la devastación que causó el mayor Tsunami que se abatió
sobre la península de Kamchatka, en Siberia, en 1737. En esa oportunidad
el nivel del mar de elevó hasta los 70 metros y destruyó una
gran porción de sus costas.
El corazón del planeta palpita bajo nuestros pies y, de vez en cuando,
aquí y allá, nos da señales inequívocas de que
sigue más vivo que nunca. Tal vez, y sólo tal vez, la tecnología
nos pueda ofrecer una herramienta capaz de “tomar su pulso” antes
de que sea demasiado tarde. Hasta ese momento, lamentablemente, viviremos
en peligro.
Álvaro López Melián
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